Nymphomaniac. Volumen 1 y volumen 2 [Lars von Trier]

La inexplicable experiencia frente a un abismo que te deleita

“Si te pido que me quites la virginidad, ¿eso sería un problema?”

Hay películas que te gustan instantáneamente, que desde el primer cuadro que se presenta frente a tus ojos te cautivan hasta que la pantalla vuelve a estar totalmente en negro y comienza el fin de la experiencia con los créditos. Hay películas que tienen la extraordinaria cualidad de gustarte antes de haberlas visto. Por el contrario, y como es natural, hay películas que te disgustan instantáneamente, bien sea porque te generan repulsión, porque te parezcan ridículas, porque no logras hacer una conexión como espectador con los personajes o la historia, porque la hayas sentido incompleta o inacabada o porque no superó tus expectativas. No hablo simplemente de una “buena”  y una “mala” película. Me refiero a las relaciones sentimentales que entablamos inevitablemente con los filmes, porque incluso el más intelectual de los críticos no puede negar que en el cine las emociones personales son –por decir menos- imprescindibles.

Ahora bien, en raros casos, y hablo de nuevo desde mi experiencia como espectador, se me han presentado películas que, ante la necesidad de expresar un juicio de valoración, no puedo decir que sea una buena o mala película, así como tampoco podría aceptar que me ha gustado o que la he detestado (no confundamos identificar una mala película con detestarla, pueden ser experiencias distintas: hay filmes que disfrutamos ver aunque estemos conscientes que son terribles, a modo de placer culposo, y hay filmes que nos parecen insufribles aunque reconozcamos sus valores cinematográficos ). Volviendo al punto, hay películas que, en definitiva, no puedo catalogar en ninguno de los extremos de estimación positiva o negativa, y eso no quiere decir que me genere sentimientos encontrados, porque en ese caso, tarde o temprano, la balanza se inclina hacia un lado. No, este tipo de cintas tienen la cualidad de ser inclasificables para mi criterio y, por lo tanto, me hacen experimentar un vacío que no podría describir como algo que disfruto o repudio. Lo único definitivo es que nunca me son indiferentes.

Esta es la manera más transparente en la que puedo describir mi relación con el cine de Lars von Trier. Con Nymphomaniac (Volumen 1 y volumen 2) esa experiencia de vacío llegó a su punto más alto. Si en Dancer in the dark la palabra es “desamparo”, en Dogville sería “rencor”, en Anticristo: “sordidez” y en Melancolía: “resignación”, ¿qué palabra quedaría para resumir mi experiencia tras haber visto la versión más recatada del final en dos partes de llamada “trilogía de la depresión”? No hay otra, y por eso la repito por tercera vez: “vacío”. Este es el destino final de toda experiencia marcada por el abismo, un objeto definido de distintas maneras en las palabras anteriores. No sé si me explico correctamente; no sé si ya he reiterado que todo esto es excesivamente personal.

¿Es lanzarse al abismo una mala o buena experiencia? ¿Qué podría sentir un suicida cuando cae de un puente o de una torre durante los segundos que preceden al impacto? ¿Es la misma intensidad que experimentan los que hacen saltos extremos como acto meramente recreativo, como un desafío al peligro muy leve, que se ampara en la seguridad casi absoluta que tocarán de nuevo el piso y estarán vivos? Bueno, me he desviado, pero es que cuando se trata de analizar la obra de von Trier no hay ningún camino recto: su lectura solo es posible a través de los desvíos.

 

Joe y Seligman: relato / metáfora

Nymphomaniac 02

Joe (Charlotte Gainsbourg) y Seligman (Stellan Skarsgård) entablan una conversación que se sumerge entre los recuerdos de ella y los referentes simbólicos de él.

Joe (Charlotte Gainsbourg) es una adicta al sexo que se autodefine como ninfomaníaca. Eso lo sabemos desde que se publicó el primer tráiler oficial y aparecieron varias imágenes de la que sería la más “retadora” cinta del realizador danés. Pero no se trata de una sucesión de imágenes con escenas de sexo explícito en todas las formas concebidas por un imaginario grotesco. Eso sería una manera de subestimar la capacidad creadora del fundador del movimiento Dogma 95. En realidad, el filme se centra en una conversación entre dos seres opuestos -Joe y Seligman (Stellan Skarsgård)-, donde la primera narra una historia -su historia- de autodescubrimiento, degradaciones, revelaciones divinas y de una búsqueda inalcanzable (quizás la única diferencia que tengo con las otras personas es que siempre le he exigido más a la puesta de sol. Más colores espectaculares cuando el sol golpea el horizonte), mientras el segundo escucha y hace acotaciones eruditas, que sirven como metáforas o referencias (al igual que los objetos de la habitación que Joe utiliza para titular los capítulos de su existencia) y que aportan en mayor o en menor medida una interpretación a los múltiples símbolos que emergen en el relato (uno de mis favoritos es el que divide a la humanidad entre los que se cortan primero las uñas de la mano izquierda y luego las de la mano derecha, y los que hacen la misma tarea en orden inverso: los primeros son seres más felices porque buscan el placer y el goce primero, dejando en un segundo plano las tareas más difíciles).

Y aquí va una afirmación concreta: Nymphomaniac es en su totalidad una película de símbolos. La refutación más obvia es que toda obra de arte contiene símbolos, toda representación ficticia de la realidad está elaborada a partir de símbolos, comenzando porque descifrar el lenguaje audiovisual no es otra cosa que entender cómo una imagen y un sonido –que no son más que eso- representan eso que no son. Pero mi afirmación parte desde el sentido más simplista: en Nymphomaniac los símbolos se señalan explícitamente, el director te los muestra y te los nombra (la mosca de pesca, el espejo, el leopardo, la pistola, el libro, el árbol torcido…) y los dos personajes principales establecen su conexión entre la explicación del objeto y el relato de la anécdota. El montaje se encarga de contraponer imágenes de archivo como ensoñaciones, recuerdos y referencias explícitas (en una escena dividiendo en tres el cuadro) con las acciones de los personajes, aplicando también la constante –quizás excesiva- repetición de cuadros y secuencias, todo en función de exponer un signo y un significante.  Esos símbolos son reconocidos como tales dentro del ámbito diegético del filme y expuestos ante la mirada del espectador de una manera tan clara que, en mi opinión, no deja mucho espacio para “múltiples” interpretaciones.

Hay referencias bíblicas, filosóficas e históricas. Sin embargo, no es una película religiosa, filosófica ni mucho menos histórica. Hay belleza, pero no es una obra “bella”. Hay oscuridad, pero tampoco podría catalogarse como “oscura” (y allí Anticristo la rebasa un millón de veces). Y con todo esto no quiero llegar a la conclusión simplista de que se trata de un filme “complejo”. De hecho, es de una simpleza tan cruda y delicada con las cual el director ha marcado siempre sus obras (bastaría recordar los “votos de castidad” del Dogma 95). Y en esa búsqueda insaciable que relata su protagonista terminan privando las experiencias de dolor sobre el goce, construyendo un personaje pesimista con un concepto tan bajo de sí mismo solo superado por el concepto que tiene de toda la humanidad. Un negativo sobre otro solo te lleva al vacío, que puede ser a veces hermoso y otras veces desagradable, pero que en concreto es un hueco que no puede ser llenado, un abismo (¿existe una palabra más clara para un genital incapaz de alcanzar el orgasmo?).

 

Regocijo / penitencias

Nymphomaniac 05

Jamie Bell (K), un personaje frío, violento y -paradójicamente- considerado. Termina siendo una de las mejores sorpresas del filme.

¿Qué sorprende en Nymphomaniac? Stacy Martin (Joe joven), cuya mirada mientras le practica una felación a un desconocido en el vagón de primera clase de un tren queda implantada en la memoria al igual que esa primera película porno que marcó tu preadolescencia; Jamie Bell (K), una especie de gigolo-verdugo que azota a las mujeres con sogas y látigos de cuero personalizados haciendo del dolor físico a través de la dominación una forma pura del clímax sexual; Uma Thurman (Mrs. H.), desquiciada, obsesiva, vengativa, manipuladora, inquisidora, cínica, moralista… todo en menos de 20 minutos; Stellan Skarsgård, porque este actor sueco siempre lo hace de maravilla y convence a cualquiera de que es un hombre virgen, solitario, intelectual y asexual de la misma manera en que puede ser un pervertido psicópata (recordemos su papel en La chica del dragón tatuado); y, por supuesto, Charlotte Gainsbourg, “musa” del director en toda esta trilogía, presa de su propio dolor pero en algunos sentidos liberada con su aceptación como paria social, una contradicción que esta francesa sabe llevar muy bien ya sea entre dos africanos desnudos, amarrada a una silla con el trasero descubierto o sentada en una cama tomando una taza de té y exponiendo cada una de sus cicatrices.

¿Qué decepciona en Nymphomaniac? Willem Dafoe (L), del que sinceramente esperaba mucho más, en especial por su reencuentro con Gainsbourg tras Anticristo; Shia LaBeouf (Jerôme), que lo hace bien, que convence, pero no es memorable, y al tratarse del único amor de Joe además de su padre, uno podría esperar más (sobre todo luego de conocer la osadía de mandar una foto de su pene para quedar en el cásting); algunas acotaciones de Seligman  que son, honestamente, algo ridículas, incluso forzadas. Pareciera que el esfuerzo del von Trier por buscar una simbología clara en cada capítulo agotara el ingenio y demostrara una obviedad tan simple que hasta da un poco de risa… aunque con este realizador nunca se sabe si esos era lo que buscaba: la puesta en escena de cierta ridiculez (por cierto: agradezco haber visto la versión más recatada, dudo unos sesenta minutos más de escenas de sexo hardcore me hubiesen aportado algo relevante sobre la percepción general del filme). Pero justo en el instante en que profundizo en esos aspectos que no me convencieron, recuerdo otros que me deleitaron, como la mención de la Sucesión de Fibonacci y el número áureo como base de toda la belleza y la armonía creada por el hombre o la naturaleza.

 

Clímax

“Almas retorcidas. Almas regulares. Almas enloquecidas. Todo depende de la clase de vida que los seres humanos llevan”: Palabras del padre de Joe (Christian Slater) mientras le explica que las almas de los árboles se observan durante el invierno, cuando los troncos ya no tienen hojas.

Nymphomaniac 04

Joe (Gainsbourg) en una búsqueda por el orgasmo perdido.

Una película cuya esencia es el vacío, no debe hacerte feliz ni triste, es una experiencia del sentido. Nymphomaniac es una exploración que se puede tornar turbia e incómoda, pero que también puede llegar a ser placentera y enriquecedora. No hay concesiones con el espectador, pero tampoco es la película más intensa (o traumática) de Lars von Trier. Es un cierre satisfactorio de un ciclo depresivo, en el que nociones tan clásicas como “luz” y “oscuridad”, “muerte” y “alumbramiento”, condenan a todo ser a soportar una existencia en perpetuo conflicto.

 

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