Adiós a la Reina [Benoît Jacquot]: Tabú y devoción

Léa Seydoux: la mirada más penetrante del cine francés.

Léa Seydoux: la mirada más penetrante del cine francés

Un elemento llamó inmediatamente mi atención cuando comencé a ver, con muy pocas expectativas, la primera temporada de la serie más popular de Inglaterra en la actualidad: Downton Abbey. Ese elemento es la doble perspectiva de la vida en la Inglaterra de comienzos del siglo XX: servidumbre/familia real. Esta dicotomía hace entender la historia desde dos clases sociales que dependen esencialmente la una de la otra; detrás de la opulencia y la etiqueta, hay rumores e intimidades que afectan la vida de personas que nacieron para ser nobles descendientes de la monarquía pero que se enfrentan a los cambios sociales, políticos, económicos y culturales más radicales luego de la Primera Guerra Mundial. Y sus confidentes más cercanos son aquellos que nacieron sin nada asegurado y encontraron su rol de vida sirviendo a estas familias reales. El trabajo de servicio es de esta manera un acto que al menos te acerca a la nobleza y te da una invaluable dignidad.

Esta introducción no es, como lo sugiere el título, para analizar Downton Abbey. Pero su mención en esta reseña es oportuna porque en Adiós a la Reina (Les adieux à la reine) se pone en relieve esa relación entre “seres ordinarios” con los máximos representantes de la realeza. Pero en este caso, la dependencia se torna turbia, porque hablamos de María Antonieta -archiduquesa de Austria y reina consorte de Francia y de Navarra que terminó guillotinada- durante sus últimos días en Versalles antes del inicio de la Revolución Francesa. Es, por lo tanto, la representación de una monarquía en decadencia.

Sofia Coppola hizo un retrato pop (odiado y amado por crítica y el público) de la archiduquesa en el año 2006, donde los colores, los pasteles, la música, la fiesta y el derroche se expandían por el Palacio de Versalles y sus alrededores, colocando a la majestad como una joven caprichosa pero nunca cruel o indiferente, cuyo fatal destino fue una consecuencia inevitable del contexto más que de su supuesta frialdad hacia el pueblo. La actriz Kisten Dunts le dio esa tonalidad amigable al personaje, que Coppola supo desarrollar muy bien como la niña que jugaba con sus perros y de repente se convirtió en la suprema autoridad de Francia.

La Reina Consorte (Diane Kruger) observa cómo su pasado se extingue en el fuego.

La Reina Consorte (Diane Kruger) observa cómo su pasado se extingue en el fuego

El retrato que hace el director Benoît Jacquot es diferente, aunque rocen en ciertas similitudes. En primer lugar porque solo nos muestra los últimos días de la reina consorte en Versalles: es decir, una mujer y madre que tiene conciencia de todo lo que puede perder si esa revuelta social que ha tomado la Bastilla llega hasta sus últimas consecuencias. Y allí Diane Kruger (conocida en este continente quizás por su papel en Inglourious Basterds de Tarantino) no solo demostró estar a la altura del personaje, sino a la de cualquier otra de esas grandes actrices que han encarnado en el séptimo arte la vida de reinas controversiales (Helen Mirren, Judi Dench, Cate Blanchett, por solo dar unos ejemplos). Entre la frivolidad y el delirio, la María Antonieta de Jacquot es une mujer al borde de un justificado ataque de nervios, y entre la multitud de vasallos que la rodean y tratan de complacerla en sus últimos caprichos, la soberana fija su atención en la doncella  Sidonie Laborde (Léa Seydoux, conocida en el resto del mundo por Blue is the Warmest Colour) que le servirá para un propósito concreto que no conocemos sino hasta el final del film.

De nuevo, Kruger está excelente. Pero no es ella la protagonista ni el verdadero centro de esta versión de la historia. La joven Seydoux encarna -con una mirada intrigante y penetrante- a la lectora de la reina. Es una doncella huérfana que aprovechó su educación (saber leer) para formar parte de esa servidumbre privilegiada que convivía íntimamente con la realeza. Su devoción conforma, en gran medida, su identidad: lo que ella ha logrado ser es por esas horas en que debe leerle una novela de historia o religión, revistas de moda o mapas geográficos. Su oficio le ha dado un estatus de poder: nadie conoce mejor los gustos literarios de la soberana y, por lo tanto, pocos pueden entretenerla o distraerla como ella.

Sidonie no parece soñar con una vida propia, fuera de Versalles, donde su individualidad y libertad la conducirían al anonimato, a ser otra parte no relevante de la plebe. Así, sus necesidades y hasta sus pulsiones sexuales quedan en segundo plano. Su rol intermitente de confidente y su presencia en la intimidad de María Antonieta la hace involucrarse en la relación que esta mantiene con la Duquesa Gabrielle de Polignac (Virginie Ledoyen), una amistad demasiado cercana y apasionada. Sidonie es –como se describió el trío en el film Her de Spike Jonze- esa persona externa que envidia y quiere formar parte de esa relación que, al fin y al cabo, solo la conforman dos. Ella es un extra en la vida de la reina, pero la reina es el centro de su propia vida. Su identidad se sostiene en el interior del Palacio de Versalles. El exterior y lo subterráneo –sucio y miserable- es solo un parte de su tránsito cotidiano.

El agonizante abrazo de despedida entre María Antonieta y la Duquesa de Polignac (Virginie Ledoyen).

El agonizante abrazo de despedida entre María Antonieta y la Duquesa de Polignac (Virginie Ledoyen)

Benoît Jacquot hace de esta manera que su biopic de María Antonieta sobresalga por retratar la supuesta bisexualidad o lesbianismo de la reina consorte. Un tópico que siempre será debate entre los historiadores que investigan la vida privada de la realeza, como bien lo describe Carlos Lecuona en su artículo La supuesta homosexualidad de María Antonieta: “Sexo, pasión y desenfreno se daban en la corte de Luís XVI, y el pueblo, que no era ajeno a los excesos de palacio, propagaba chascarrillos y habladurías que se trasformaron en canciones que enervaban los ánimos de París. De entre los cotilleos uno generaba un gran morbo: la reina tenía como amante a la Duquesa de Polignac. La reina era lesbiana”.

Adiós a la Reina, no obstante, no es solo un film que expone la controversial orientación sexual de María Antonieta. Resalta por la precisión y dinamismo de su montaje, por la música de Bruno Coulais y por el vestuario de Christian Gasc y Valérie Ranchoux (al igual que en la Marie Antoniette de Coppola, este elemento es imprescindible en toda la dirección de arte del film). Pero, sobre todas las cosas, por la actuación de Seydoux.

Dos escenas sobresalen: cuando la reina fracasa en su intento de abandonar Versalles y la cámara la muestra en primer plano quitándose el maquillaje y las joyas mientras parece hablarle entre lamentos a un interlocutor invisible. Sidonie la observa y escucha detrás de la puerta principal de la recámara, pero luego otro cuadro nos muestra que María Antonieta le habla a la Duquesa. Una escena anterior mostraba a Sidonie mientras navegaba en una góndola  por los canales y se relajaba tocando la superficie del agua, hasta que su paz es interrumpida por una rata muerta flotante que choca con su mano. Debajo de la belleza está el desecho y el tabú, entre los restos de la humanidad, y es siempre allí donde se revela el verdadero rostro de todo ser.

 

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