Adiós, muchachos [Louis Malle]: Vida, muerte y amistad

-¿Tienes miedo? -Todo el tiempo.

-¿Tienes miedo?
-Todo el tiempo.

Por un agradable juego de la casualidad –o del destino, aunque personalmente me cuesta creer en el destino- los últimos días he visto tres películas que abordan el tema de la pérdida de la inocencia infantil. No fue un propósito. No lo planifiqué como un ciclo particular. De hecho, una de ellas la vi sin tener previsto hacerlo, en unas de esas extraordinarias ocasiones en que alguien te invita a un cine foro que va a comenzar de inmediato y tienes el tiempo libre para asistir.

Hablo en específico de Hide your Smiling Faces (2013: Daniel Patrick Carbone), MUD (2012: Jeff Nichols) y Adiós, muchachos (1987: Louis Malle). Por ahora me enfocaré en la última, que fue la que “me encontró a mí” en una proyección inesperada en la Universidad Simón Bolívar gracias a la iniciativa de un grupo de estudiantes y la profesora Eleonora Cróquer.

Para resumir el argumento del film (advierto, describe el desenlace) cito a Alfonso Mazarro en una reseña que escribió en su blog cinemacritico, donde la cataloga la mejor película acerca de la ocupación nazi en Francia durante la II Guerra Mundial:

Enero de 1944, en la Francia ocupada. Después de las vacaciones de Navidad, el niño Julian Quentin (de unos 12 años) regresa al colegio de curas en el que se encuentra interno. Allí conocerá a un alumno nuevo, Jean Bonnet. Poco a poco irá entablando amistad con él, al tiempo que descubre su gran secreto. Jean Bonnet en realidad se llama Jean Kippelstein, y es judío. Los curas lo esconden (a él y a otros dos chicos) del terror nazi, pero un chivatazo (algo muy común en aquella época) lleva a los nazis a capturar a los niños, los curas, y a cerrar el colegio.

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La lectura se muestran como una actividad vital a lo largo de todo el film.

Adiós, muchachos tiene un valor destacado: muestra el horror de la persecución de un grupo (en este caso: los judíos) por una maquinaria de Estado fascista (los nazis) desde una instancia íntima, sin necesidad de exponer campos de concentración o la ocupación de toda una gran ciudad. El internado católico es en este sentido un microcosmo donde un grupo de curas decide unirse a La Resistencia ayudando a tres niños judíos, ocultando sus identidades y origen por una fin esencial: salvarles la vida. Pero existe una verdad incómoda: en la Europa de la primera mitad del siglo XX el antisemitismo era un prejuicio generalizado en la población (no se trató de un “invento” de Adolf Hitler). Y así como un grupo de curas y rebeldes protegen a los niños judíos, otro grupo de personas (habitantes del pueblo, padres de familias adineradas, monjas, obreros, etcétera) demostraban abierta o prudentemente su rechazo a los sefardíes, colaborando en algún sentido con la ocupación nazi.

Miedo o militancia, la Segunda Guerra Mundial y el holocausto judío causaron el conflicto moral más profundo –no solo de los alemanes- sino de gran parte de los países europeos que sucumbieron ante el Tercer Reich. Los judíos eran, y habían sido, los otros. Aquellos banqueros, empresarios o comerciantes que siempre despertaron recelo en la población “porque son más listos que nosotros y porque asesinaron a Cristo”, como le explicó a Julien (Gaspard Manesse) su hermano mayor.

Y llegamos en este punto a lo más interesante del film: cuando Julien conoce a Jean Bonnet (Raphael Fejtö) y descubre que su verdadero nombre es Jean Kippelstein, que es por lo tanto un judío, y que a pesar de lo que escucha en la calle, lo que la sociedad y miembros de su propia familia le han dicho sobre los mimos, a pesar de todas sus diferencias (Julien lee la ciencia ficción de Julio Verne y Jean las novelas policiales del razonamiento lógico de Sherlock Holmes) lo reconoce como un ser humano, como un amigo, sin prejuicios ni estigmas. Conocer al otro, aproximarse y vincularse a la persona despojada del estigma sociocultural, hace que la distinción segregadora desaparezca.

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Jean (Raphael Fejtö) y Julien (Gaspard Manesse) establecen una amistad sin prejuicios en un período donde el antisemitismo era política de Estado.

Pero ese reconocimiento del otro que hace Julien al aceptar y proteger la identidad de Jean, supone también el comienzo del fin de la inocencia. Entiende lo que es vivir con miedo de manera permanente, lo que implica sobrellevar el peso de la incertidumbre que otorga la clandestinidad. La noción del peligro, de la maldad, del oportunismo y el resentimiento, de la vida y la muerte (“¿soy acaso el único que se preocupa por la muerte?”), van permeando la niñez de toda una generación de jóvenes que padecieron los daños colaterales de la guerra.

Y eso se generaliza hacia el final de la película: todos los niños del instituto observan cómo los soldados del ejército de ocupación se llevan a sus tres compañeros y al cura que los encubrió. En esta demoledora escena los niños se sobreponen al miedo por el honor y la dignidad: es el momento en que adquieren plena conciencia del valor de la vida.

Frente a eso no podemos ignorar la mirada de los cómplices,  los que no les importó sacrificar una o más vidas por su propio bienestar o tranquilidad. El horror no solo tiene verdugos, también tiene aliados. Cuando Julien confronta al ayudante de cocina por ser el delator, este le dice: “Tranquilo, solo son judíos”. De nuevo, la concepción del otro como cosa, y no como ser, justifica un acto tan atroz como mandar a alguien a una pena de muerte por una compensación material y finita como un abrigo de piel y por satisfacer al resentimiento.

Adiós, muchachos es un ejemplo paradigmático de cómo una historia mínima termina siendo universal: las batallas no solo se libran en el campo de guerra y las armas más poderosas del hombre (fatales o redentoras) están envueltas por el manto de la moralidad y los valores ideológicos. Un relato donde la noción del otro termina siendo la de uno mismo.

 

Por Benjamín Gáfaro – @bengafaro

 

Ficha técnica:

Título original: Au revoir les enfants

Año: 1987

Países: Francia / Alemania

Duración: 104 minutos

Dirección y guion: Louis Malle

Música:  Franz Schubert, Camille Saint-Saëns

 

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