Seis acotaciones sobre ‘Birdman’

O el eterno dilema de sobrevivir a la fama después de la fama

O el eterno dilema de sobrevivir a la fama después de la fama / Imagen: Fox Searchlight Pictures

Advertencia: hay Spoilers.

I

Birdman es una película inusual. No por el “eterno” plano secuencia, que si bien la hace interesante, no debería ser su principal ni más original virtud (no es por restarle mérito a la dirección de fotografía de Emmanuel Lubezki, ¿pero alguien recuerda La Soga de Hitckcock? Se filmó sin la ayuda de los efectos digitales). Lo inusual es que se trate del dilema de la fama y del reconocimiento artístico, que en pocas palabras implica una sola cosa: ego. Es el ego de Riggan Thomson (personaje interpretado magistralmente por Michael Keaton) el que lo hace tambalear de un lado a otro entre los bordes de un precipicio absurdo. Absurdo porque es el fantasma de un superhéroe caduco y ridículo que se manifiesta como el lado soberbio de su egolatría, construida en Hollywood para romper récords de taquilla y saturar las pantallas de entretenimiento vacío. Absurdo porque es un pajarraco gigante.

II

Alejandro González Iñárritu ha creado una sátira de la vacuidad del ser en la era de las redes sociales y la fama instantánea. El despliegue sobrenatural del (¿anti?)héroe se confunde con el delirio, en un intento desesperado por validar una terrible exclamación: “¡soy un artista de verdad!” Y es terrible no porque sea errónea o porque sea inadecuada: es terrorífico para cualquier artista reconocerse como tal a través de la validación de un tercero, más si ese tercero lo representa Todo: público, críticos, academia, familiares, amigos y enemigos.

III

Sam Adams, crítico del portal IndieWire, escribió: “Birdman es una gran película. Digo esto no porque haya amado Birdman, o porque la considere particularmente impactante o perspicaz, sino porque debo decirlo. La película lo demanda. Insiste en eso, como si Alejandro González Iñárritu estuviese detrás de ti, zapateando ansiosamente y susurrándote al oído: ‘No olvides decir grandiosa’”. Así como el fantasma del superhéroe acosa a Riggan Thomson y le recuerda lo glorioso que fue su pasado en comparación al fracaso que lo rodea en el presente, el espectador se encuentra viendo (o persiguiendo) un film que te exclama desde el inicio ¡Esto es Importante! No se puede juzgar la ambición de un cineasta, pero lo que Adams plantea es si esa postura, esa absoluta y constante declaración de perfección imperfecta, no resulta contraproducente: “Sí, es ingeniosa, pero nunca pierde de vista su propio ingenio, ni deja de pedirte que aprecias lo jodidamente increíble que es”.**

IV

Michael Keaton y Edward Norton: las mejores actuaciones del film

Michael Keaton y Edward Norton: las mejores actuaciones del film / Imagen: Fox Searchlight Pictures

Michael Keaton, nuestro primer Caballero Oscuro, ha arrojado la mejor actuación de su carrera. No importa que esa haya sido la intención. No importa que sea un reflejo alterado de su propio pasado como un superhéroe con capa y su casi olvidada carrera fílmica posterior. De verdad, aunque la fórmula resulte evidente y redundante, funcionó. Porque Birdman no hubiese podido autodefinirse como grandiosa sin Keaton (aunque Keaton ha podido hacerlo sin Birdman, pero eso lo entendemos luego, cuando recordamos el actorazo que siempre ha sido). Distinto el caso de Edward Norton, un actor que nunca hemos olvidado, que aunque no se lleve el Oscar ni haya recibido ni la cuarta parte del reconocimiento que merece por parte de La Academia y todos los Festivales clase A del mundo, siempre es alguien que nos tienta a levantarnos de la butaca y aplaudirlo. En Birdman no fue la excepción: todas sus escenas son delirantes y relevantes, incluso la pelea con Keaton con el bronceado artificial.

V

Raymond Carver. Si alguien me pregunta cuál es el principal valor de Birdman respondería eso: Carver. No es un valor estético, ni siquiera narrativo. Y, pensándolo bien, tampoco es una opinión personal: es un asunto vivencial, pues el film de González Iñáritu me dio el empujón para buscar y comprar los libros de relatos de Raymond Carver, “el Chejov de Norteamérica”. Su obra es un compendio increíble de relatos breves (a veces muy breves,  según sus palabras porque necesitaba escribir y vender rápido sus libros para poder comer… esas cosas que se dicen un poco en serio / un poco en broma) que funcionan como radiografías expresas pero precisas de la clase media estadounidense. Referencias que probablemente sirvieron para inspirar la narrativa de autores fílmicos como los Hermanos Coen, Tarantino, Paul Thomas Anderson o David Lynch. Principiantes (Aka: De qué hablamos cuando hablamos de amor) es una joya que me animé a leer después de ver Birdman, y eso es una razón para estar agradecido.

VI

Emma Stone mira a las alturas en el último cuadro de 'Birdman'

Emma Stone mira a las alturas en el último cuadro de ‘Birdman’ / Imagen: Fox Searchlight Pictures

Basta leer el subtítulo (La inesperada virtud de la ignorancia) para entender que se trata de una película pretenciosa, o de nuevo en palabras de Sam Adams: es –el subtítulo- al mismo tiempo abiertamente pretencioso y una sátira de la pretensión. Suena redundante, pero esa es la idea central de Birdman: un film sobre la fama después de la fama que quiere alcanzar la fama. Y no está mal que González Iñárritu persiga el reconocimiento. No está mal que un artista apunte a crear una “obra maestra”. Y es interesante que lo haya hecho desde la perspectiva del actor, de las inseguridades del actor, del lado más vulnerable del quehacer interpretativo, donde la estabilidad mental y emocional se torna siempre inestable. El problema, o más bien el dilema, es el final, que cae de nuevo en una redundancia intencional: hubiese sido agradable ver aparecer los créditos justo después del tiro real que de Riggan Thomson se da en la cabeza y cae sobre el escenario. El público lo ovaciona. La pantalla se oscurece. Y listo.

Pero no. El film continúa y se empeña en aclarar el inicio críptico (que deja, de esta manera, de ser críptico) donde un grupo de medusas muertas en la orilla de la playa evitaron el suicidio del héroe en decadencia. Y luego el rostro con una nueva nariz. Y la aclamación de la mujer más temida de Broadway: la crítica. Y las redes sociales. Y el futuro próspero. Y la revelación que nos hace entender que el vuelo no era un delirio sino una virtud sobrenatural, algo similar a lo que poseía el personaje de Javier Bardem de Biutiful. Este interés de González Iñáriitu por las mutaciones milagrosas, honestamente, aún no lo he entendido.

Lo único que puedo concluir: Amores Perros sigue siendo su Obra Maestra.

Por Benjamín Gáfaro – @bengafaro

** La traducción y las cursivas son mías.

Título: Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance)

Año: 2014

País: Estados Unidos

Duración: 119 minutos

Dirección: Alejandro González Iñárritu

Guion: Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Jr., Armando Bo

Cinematografía: Emmanuel Lubezki

Edición y Montaje: Douglas Crise, Stephen Mirrione

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